Algunos humanos no están hechos para soportar la grandeza. Se rompen.
Algunos humanos no están hechos para soportar la grandeza. Se rompen.
Había aprendido a tallar madera por y para Sera.
Y era raro, era horrible, porque Nize quería que lo mirase a él, no a ella. No era digna de la mirada de Sasha.
Quizás eso era lo que les pasaba a los presos eternos. Se volvían uno con la celda.
Rechacé mi propia magia para impedirle ser un dios. Llevo siglos escondido, siglos huyendo para que no pueda recuperarla. ¿Me preferiría el Mundo muerto, mi magia sumada a la de sus más de treinta reyes?
Como has dicho, te usaré como crea conveniente.
—Así sea.
El aire os manda recuerdos.
Hace muchos, muchísimos años, que Nize ya no es mi rey.
El diminutivo le quemó la lengua, llenándola de una intimidad que no quería sentir. Ahora era Verenize ·, la Luna de Veda, la Araña de Sal, el Eterno.
Quizá fue la forma en la que dijo su nombre, al final. Como si hubiera sido moldeado y creado para anidar en sus labios y en los de nadie más. Como si él también tuviera que amar el olor a muerte y a sangre y bajar la cabeza ante el hedor a exterminio.
Ahora no te comprendo, pero lo haré.
Bendición, maldición, dolor, placer.
Ya no sabes ni a quién proteger, ¿eh?
-A ti. De ti mismo.
Tú eres mi rey.
una aureola sagrada que coronaba en dorado al caballero.
A la luz de la luna llena su serrada sonrisa de bestia fulguraba del blanco más puro.
«Tengo un nuevo caballero», pensó, antes de rendirse al sueño.
Verenize solo es invencible porque tú le dejas serlo. Has permitido doscientos años de masacres. Reinos enteros han perdido su cultura, su historia, a manos de su ejército. Y pronto, más de lo que crees, llegarán hasta aquí y todos los pueblos en que te escondes serán arrasados.
Los oídos de Rako captaron con total claridad el chillido agudo de una Sera de doce añitos («¿¡No tienes frío en las piernas!?) y la risa corta y brusca de ner Aren al contestar («¿Frío? ¡Pero si estamos en verano, niña!»).
Nize siempre había sabido que tenía algo dentro que no debería estar ahí. Era pegajoso e infecto, y se enganchaba a cada cosa pura que sentía, tiñéndola de negro.
Ese rostro tan semejante al suyo convirtiéndolo en un segundo rey.
Tan cerca que eres tú.
Pero Sasha había heredado de sus padres la vocación por sacrificarse, así que Nize sabía que haría lo que fuese por él. Incluso darle vía libre a su magia. Esperaba que supiese que el sentimiento era mutuo.
Te buscaré, Sasha. Te buscaré y te mataré, lo juro.
Alzó las manos, las puntas de sus dedos teñidas de un negro que a cada década se extendía más y más. Solía decir que eran tatuajes de su tierra.
A la luz de la luna llena su serrada sonrisa de bestia fulguraba del blanco más puro.
«Tengo un nuevo caballero», pensó, antes de rendirse al sueño.
Te buscaré, Sasha. Te buscaré y te mataré, lo juro.
Sasha tomó su mano derecha entre las suyas y se la llevó a la frente con los ojos de nuevo cerrados, el frío hierro negro de sus anillos contra su piel morena.
Tú eres mi rey.
Todos los quintos, sin faltar ni una sola semana, atravesaba la ciudad para visitar el oratorio del patrón de los animales, Haasevi, dejando como ofrenda algo de fruta robada del castillo dispuesta a sus pies.
El restallar de estocadas se le clavaba en los oídos, pero le dolía más por dentro.
Abrió y cerró las manos, ignorando el ansia fantasma de empuñar un arma.
Aún puedes mostrarme tu lealtad. Eres mi caballero, a fin de cuentas. A quien más quiero en el mundo de los vivos.